A raíz de las elecciones a la Duma celebradas el 4 de diciembre de 2011, la situación política rusa ha cambiado radicalmente. La noche del 5, unas 5.000 personas salieron a la calle. El 10 eran 50.000 y dos semanas más tarde unas 120.000. La evolución es evidente y contrasta de forma abrupta con los acostumbrados mítines celebrados por la oposición durante los años anteriores, que no atraían más que a unos pocos cientos de personas. En efecto, el impulso de la protesta se mantuvo, a pesar de las bajas temperaturas invernales. El movimiento se extendió por los principales centros de población, aunque el número de manifestantes varió de unos pocos centenares a unos cuantos miles en cada uno de ellos. La movilización tuvo una base muy amplia y reunió a gente de muy distintas inclinaciones políticas, desde liberales a ultranacionalistas. Las protestas, además, guardaron un carácter pacífico. Los manifestantes mantuvieron la compostura y la policía recibió orden de no utilizar la fuerza.

Tras el 24 de diciembre, ha quedado claro que las movilizaciones no fueron un acontecimiento aislado, al contrario de lo que no pocos pensaron y muchos en el Kremlin esperaban. Es también evidente que el movimiento de protesta está en boga y atraerá a mucha más gente en el futuro. No es descabellada la perspectiva de una vigilia millonaria durante la noche de las elecciones presidenciales que se celebrarán el 4 de marzo, lo que ha planteado, por primera vez en casi 20 años, la posibilidad de un levantamiento masivo capaz de amenazar el mismísimo sistema de poder. El 24 de diciembre de 2011 quedó claro que 2012 va a ser un año intenso en la política rusa y que deparará resultados impredecibles, mareantes promesas y consecuencias potencialmente peligrosas.

Este artículo fue publicado originalmente en Política Exterior (Marzo/Abril 2012).